El desarrollo portuario del Perú avanza, pero revela una preocupante debilidad en la defensa de sus intereses marítimos
La miopía estructural del país —incapaz de concebir al Perú como una verdadera nación marítima— ha convertido el “éxito” del desarrollo portuario de las últimas dos décadas en una verdad incómoda. Detrás de la expansión de infraestructura y el crecimiento del movimiento de carga, lo que realmente queda expuesto es la precaria y complaciente capacidad de negociación de nuestras autoridades en materia marítimo-portuaria.
Es innegable que se han logrado avances importantes. Hoy el
Perú cuenta con puertos de relevancia global a lo largo de toda su costa. Los
nuevos contratos de construcción, mejora, transferencia de propiedad y
ampliaciones de los terminales portuarios lo están posicionando como un nodo
estratégico para el comercio en Sudamérica.
No basta con crecer; hay que saber negociar ese crecimiento.
Sin necesidad de calificar estas decisiones como
entreguistas, lo cierto es que las condiciones bajo las cuales se ha
desarrollado el sistema portuario evidencian fallas estructurales:
A esto se suma un elemento particularmente sensible: el rol
de inversiones vinculadas a capitales estatales extranjeros, como las
provenientes de China. En estos esquemas, el Perú exporta principalmente
materias primas e importa manufactura, consolidando una relación asimétrica. La
extracción de minerales genera empleo limitado; la industria, en cambio, crea
cadenas de valor mucho más amplias. Y esas cadenas no están quedando en el
país.
No se trata de rechazar la inversión extranjera —que es
necesaria—, sino de tener la firmeza de negociarla bajo condiciones que
prioricen los intereses nacionales. Porque el problema no es cuánto se
invierte, sino cómo se negocia.
En el fondo, lo que está en evidencia no es solo una
debilidad negociadora, sino la ausencia de una estrategia país. Mientras el
Perú no se asuma como una nación marítima, seguirá actuando como un actor
secundario en un espacio donde debería ser protagonista.
Y en esa renuncia silenciosa, lo que está en juego no es
solo competitividad, sino soberanía.
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