Cuando la vocación se distorsiona y las instituciones permiten que funciones especializadas sean ocupadas sin la formación correspondiente
Entre los 15 y 17 años, la mayoría de los peruanos nos
enfrentamos —muchas veces sin plena conciencia— a una de las decisiones más
importantes de nuestra vida: elegir una carrera profesional. En esa etapa,
aspiramos al desarrollo personal, económico y social, pero lo hacemos con
información limitada y escasa orientación. Así, terminamos tomando una decisión
que marcará profundamente nuestro futuro.
Elegir una profesión sin suficiente conocimiento no es
únicamente un problema individual; es, sobre todo, una falla estructural del
sistema educativo peruano. Se traslada a los adolescentes la responsabilidad de
una decisión trascendental sin brindarles herramientas reales de orientación
vocacional, ni información adecuada sobre el mercado laboral, ni una formación
que les permita comprender sus propias aptitudes.
El resultado es evidente: una gran parte de profesionales en
el Perú no ejerce la carrera que estudió. Diversos estudios señalan que
alrededor del 52% trabaja en campos distintos a su formación, principalmente
por falta de oportunidades. Esto no solo refleja ineficiencia en el sistema,
sino también una profunda desconexión entre vocación, formación y realidad
laboral.
Este problema estructural también se manifiesta con claridad
en el sector marítimo.
En el caso de los oficiales de la Marina de Guerra que pasan
al retiro, es completamente legítimo que busquen nuevas oportunidades laborales
en el ámbito marítimo mercante. El cuestionamiento no recae en la decisión
individual, sino en el marco normativo que distorsiona la equidad profesional.
Actualmente, existen disposiciones que permiten la
homologación de competencias y títulos que no necesariamente corresponden a la
formación especializada de la marina mercante. Esta situación, contemplada en
el marco del Decreto Legislativo 1147, abre la puerta a una equivalencia de títulos
de competencia que no siempre responde a criterios técnicos estrictos. A ello
se suma un aspecto aún más delicado: la posible coexistencia de relaciones
interinstitucionales en las que una misma estructura puede asumir, directa o
indirectamente, roles de regulación y participación, generando escenarios de
“juez y parte”.
En esa misma línea, la asignación de la Autoridad Marítima y
de las Capitanías a la Marina de Guerra configura un escenario en el que
oficiales en actividad pueden desempeñar funciones vinculadas al ámbito
mercante, alejándose de su rol principal de defensa. Desde una perspectiva
institucional, esto no solo genera confusión de funciones, sino que también
debilita la especialización técnica que exige el sector marítimo mercante.
A ello se suma otro fenómeno: la conformación de
agrupaciones o espacios vinculados a la marina mercante integrados por
profesionales que, en sentido estricto, no han seguido la formación propia de
este sector. Esto contribuye a diluir los estándares profesionales y a
desdibujar la identidad misma de la marina mercante.
Hoy, la creciente presencia de oficiales de la Marina de
Guerra —en actividad o en retiro— en funciones propias del ámbito mercante
plantea un debate de fondo. No se trata únicamente de una discusión sobre roles
institucionales, sino sobre las consecuencias de un sistema que, desde su
origen, no garantiza decisiones vocacionales informadas ni trayectorias
profesionales coherentes.
En este contexto, surge una reflexión inevitable: pareciera
que muchos se equivocaron de profesión… o que el sistema permitió que las
profesiones se vuelvan intercambiables sin respetar su naturaleza.
Y es ahí donde radica el verdadero problema.
UN PAÍS MARÍTIMO ES DIFERENTE A UN PAÍS NAVAL
Un país naval prioriza la defensa; un país marítimo, en
cambio, entiende el mar como eje de desarrollo económico, logístico y social.
Confundir ambos enfoques no solo limita el crecimiento del sector, sino que
perpetúa decisiones institucionales que afectan su especialización y
sostenibilidad.
El Perú, en su vida republicana, ha sido más un país naval
que un país marítimo. Y mientras esa visión no cambie, seguiríamos formando oficiales
navales que, tarde o temprano, sentirán que eligieron el camino equivocado.
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