El Perú es un país que, pese a haber nacido de cara al mar, decidió darle la espalda. No por ignorancia, sino por una renuncia política a reconocer su verdadera vocación marítima, en especial la marítima mercante. Nuestra historia naval suele reducirse al discurso militar y a la defensa, mientras se invisibiliza deliberadamente una tradición mercante que fue pilar del desarrollo económico mucho antes de la República. Esa omisión no es casual: es una decisión.
George Santayana advirtió que quien no conoce su pasado está
condenado a repetirlo. En el caso peruano, la frase adquiere un matiz aún más
grave: no es que no conozcamos nuestro pasado marítimo mercante, es que se nos
ha enseñado a olvidarlo. La consecuencia es evidente: el Perú es un país con
más de tres mil kilómetros de litoral que no ha sabido convertir el mar en eje
central de su proyecto nacional. Hasta el momento no existe un plan de gobierno
de algún partido político que involucre el desarrollo marítimo, más aún el
mercante.
Antes de la conquista española, el mar ya era un espacio
económico organizado. Las investigaciones de María Rostworowski,
particularmente en “Mercaderes del Valle de Chincha en la época Prehispánica:
Un documento y unos comentarios” (1970), muestran un Perú prehispánico relacionado
al comercio marítimo. Los Chinchas dominaron rutas marítimas y articularon
puertos con una lógica mercantil que hoy llamaríamos estratégica. No eran
pescadores ocasionales; eran comerciantes del mar.
Los relatos de cronistas y de historiadores son claros. Solo
un ejemplo: la captura del inca Atahualpa vino acompañada de la detención del
llamado Señor de los Mares, quien, según los relatos, controlaba más de mil
embarcaciones comerciales. ¿Qué país moderno podría ignorar un antecedente
histórico de tal magnitud? Sin embargo, eso es exactamente lo que hemos hecho:
borrar esa memoria para reemplazarla por un relato incompleto y conveniente.
Los Chinchas, pudieron haber heredado y perfeccionado conocimientos náuticos de culturas más antiguas como la nazca y la mochica. Se evidencia continuidad, transmisión y especialización. La marina mercante no es una importación republicana ni una copia tardía de modelos extranjeros: es una herencia propia que fue desarticulada por siglos de desinterés estatal y por una visión centralista y terrestre del desarrollo.
Hoy, mientras se habla de crecimiento, de puertos modernos y
de corredores logísticos, se sigue evitando una discusión de fondo: el Perú no
ha definido una política marítima integral que reconozca al mar como espacio
económico soberano, para ello se requiere democratizar la gobernanza marítima.
No sorprende, entonces, que muchos marinos de guerra, al ser desplazados o
pasar al retiro, busquen continuar su vida profesional en actividades, ajenas a su formación y, que son propias
de la marina mercante. No es una anomalía; es una consecuencia directa de la
incoherencia institucional.
La abundante literatura histórica no deja lugar a dudas: los
marinos mercantes actuales somos herederos directos de los Mercaderes del Valle
de Chincha. Negar esta continuidad es negar una parte esencial de nuestra
identidad nacional. Y esa negación no es responsabilidad del ciudadano común,
sino de un Estado que ha preferido administrar el olvido antes que asumir una
visión estratégica del mar.
Recuperar la memoria marítima mercante no es un ejercicio
académico ni un gesto cultural. Es una decisión política impostergable.
Mientras el Estado continúe tratando al mar como un límite y no como una
oportunidad, el país seguirá repitiendo su mayor error histórico: darle la
espalda a aquello que pudo haber sido su mayor fortaleza en el mar: LA MARINA
MERCANTE.
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